Time no eligió a una persona. Eligió a una advertencia bien vestida de portada.
Los “Arquitectos de la IA” fueron nombrados Persona del Año y no porque sean héroes, sino porque ya están diseñando el mundo en el que todos vamos a vivir, queramos o no.
En 2025 la inteligencia artificial dejó de ser promesa, demo o pitch bonito. Se volvió infraestructura invisible: escribe, decide, recomienda, automatiza, predice y —sí— también se equivoca. Y detrás de todo eso no hay magia, hay gente. CEOs, ingenieros, investigadores y visionarios que construyeron sistemas capaces de acelerar negocios… y también de incomodar conciencias.
Time lo deja claro: este reconocimiento no es un aplauso ciego, es un reflector. Porque así como la IA está redefiniendo industrias completas, también está poniendo sobre la mesa preguntas incómodas:
¿quién controla los modelos?, ¿quién asume los errores?, ¿quién gana cuando todo se automatiza y quién se queda mirando?
Los Arquitectos de la IA no son villanos ni salvadores, son algo peor: son inevitables y su impacto no se mide en líneas de código, sino en empleos transformados, creatividad amplificada, decisiones delegadas y una sociedad que corre tratando de entender la herramienta que ella misma pidió.
En Leviatán lo vemos así:
La IA no vino a reemplazar la inteligencia humana, vino a ponerla a prueba, a exigir criterio, dirección, ética y, sobre todo, intención. Porque cuando una tecnología puede hacerlo todo, lo único realmente valioso es saber qué sí debería hacerse.
El futuro no se está escribiendo solo, tiene arquitectos y también necesita adultos en la sala.

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